Editorial
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Editorial
Escribo esto desde un lugar que a veces parece no tener espacio en el debate público: el de un judío de izquierda que cree en la legitimidad del Estado de Israel y que, precisamente por eso, no puede callar frente a lo que está haciendo su gobierno actual en Gaza.
Quiero ser claro desde el primer párrafo, porque en estos tiempos la claridad se paga cara y la ambigüedad se usa como arma. No soy antisionista. No creo que el sionismo sea un proyecto colonial que deba desmantelarse, ni que el Estado de Israel carezca de derecho a existir. Vengo de una tradición, una historia y una comunidad que entendieron ese Estado como una necesidad después de siglos de persecución y como una respuesta, imperfecta pero real, al antisemitismo que no se fue a ningún lado. Tampoco soy antijudío, ni podría serlo: es mi identidad, mi comunidad, mi gente.
Y sin embargo.
Lo que está ocurriendo en Gaza bajo el gobierno de Benjamín Netanyahu no puede describirse con eufemismos. Miles de civiles muertos, buena parte de ellos niños; ciudades enteras reducidas a escombros; una población empujada una y otra vez de un lugar a otro sin adónde ir; hambre usada como instrumento. Cuando la escala, la sistematicidad y el discurso público de referentes del propio gobierno apuntan a la destrucción de un pueblo como grupo, la palabra que corresponde usar es genocidio. Decirlo no es traicionar a Israel: es negarse a que el nombre de mi pueblo y la memoria de lo que nosotros mismos sufrimos se usen como coartada para mirar para otro lado.
Netanyahu no llegó solo a este punto, y no gobierna solo. Comparte gabinete con ministros como Itamar Ben Gvir, que ha promovido públicamente el desplazamiento masivo de la población de Gaza y ha alentado una lógica de castigo colectivo que se traduce, noche tras noche, en decenas de muertos civiles. Esa no es una posición marginal dentro del gobierno: es política de Estado, sostenida por una coalición que necesita a la ultraderecha para mantenerse en el poder. Cuando el ministro de Seguridad Nacional celebra el "adelgazamiento" de Gaza como si fuera un logro, y el primer ministro no lo desautoriza porque su supervivencia política depende de él, la responsabilidad deja de ser individual y se vuelve de gobierno.
Se nos ha dicho, durante generaciones, "nunca más". Esa frase no puede significar "nunca más a nosotros" y quedar en silencio frente a lo que hacemos como Estado en nuestro nombre. La ética judía que a mí me formaron —la del tikkun olam, la de la memoria como mandato de justicia y no solo como reclamo propio— exige exactamente lo contrario: que la memoria de nuestro sufrimiento nos haga menos tolerantes con el sufrimiento ajeno, no más indiferentes.
Defender la existencia de Israel y exigirle que deje de matar civiles en Gaza no son posiciones contradictorias. Son, de hecho, la misma posición: la de quien quiere que ese Estado sobreviva siendo defendible, y no a costa de convertirse en aquello que juró que nunca volveríamos a permitir.
Desde shalom.uy seguiremos sosteniendo las dos cosas a la vez, aunque incomoden a los dos lados: sionismo sin genocidio, identidad judía sin silencio cómplice.