Editoriales
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Editorial
Esta noche, como cada año, millones de judíos en el mundo vamos a pararnos frente al Kol Nidre y vamos a pedir perdón. Perdón por lo que hicimos, por lo que dejamos de hacer, por lo que hicimos a medias, por lo que miramos para otro lado. Iom Kipur no es un día de culpa individual solamente: es, también, un día de responsabilidad colectiva. Se reza en plural. Al jet shejatanu —por el pecado que cometimos— no "yo", sino "nosotros". Y este año, para mí, ese plural pesa distinto.
No puedo pararme frente a Dios este Iom Kipur sin nombrar lo que un gobierno que dice actuar en nombre del pueblo judío está haciendo en Gaza. No lo hago como enemigo de Israel: lo hago como alguien que necesita que ese Estado exista, y que por eso mismo no puede callarse mientras se lo empuja a convertirse en otra cosa. Benjamín Netanyahu y ministros como Itamar Ben Gvir han sostenido, mes tras mes, una campaña que ha dejado decenas de miles de civiles muertos, hambre usada como arma y ciudades enteras arrasadas. Eso no se hizo en un rincón oscuro: se hizo, se hace, en nombre de "nosotros". Y si se hace en nuestro nombre, el "nosotros" del rezo de esta noche tiene que incluirlo.
Por eso este año elijo decir, explícitamente, lo que el machzor me pide decir de forma general: pido perdón. Pido perdón por el silencio de tantos líderes comunitarios que prefirieron la comodidad de la unidad a la incomodidad de la verdad. Pido perdón por las veces que yo mismo bajé la voz para no generar conflicto en la mesa, en la sinagoga, en la familia. Pido perdón porque la tradición que me enseñó a decir "nunca más" me enseñó también, con la misma fuerza, a no permitir que esa frase se convierta en licencia para infligir a otros lo que juramos no repetir.
Iom Kipur no ofrece perdón automático por las faltas que cometemos contra otros: eso, dice la tradición, primero hay que repararlo con la persona dañada. No alcanza con ayunar. No alcanza con rezar. La teshuvá —el arrepentimiento genuino— exige reconocer el daño, decirlo en voz alta y cambiar la conducta. No hay ayuno que sustituya el cese de las bombas sobre civiles. No hay plegaria que reemplace la responsabilidad política de sacar a Ben Gvir del gobierno y de terminar con una guerra que ya dejó de tener como horizonte la seguridad de Israel para convertirse en un castigo colectivo sobre un pueblo entero.
Y sin embargo, ir a rezar esta noche importa. Importa pararse frente a la comunidad y decir en voz alta lo que no siempre se dice: que se puede amar a Israel y estar de duelo por lo que su gobierno hace en su nombre. Que la memoria de nuestros muertos no nos vuelve inmunes a la responsabilidad por los muertos que causamos. Que pedir perdón como pueblo, este año, significa también exigir que quienes gobiernan en nuestro nombre dejen de dar motivos para pedirlo.
Guemar jatimá tová. Que este año se cierre, de una vez, el capítulo del silencio.
Esta noche empieza Rosh Hashaná. Empieza el año 5787, y como cada año por estas fechas, la tradición nos pide desear a quienes queremos un shaná tová umetuká: un año bueno y dulce. Desde shalom.uy queremos desearles exactamente eso a nuestros lectores, a nuestra comunidad, a las familias que se sientan hoy a la mesa con manzana y miel. Y queremos desear, sobre todo, lo que da nombre a este espacio: shalom. Paz. No como consigna vacía, sino como lo que en hebreo siempre significó también: plenitud, integridad, que nada falte y que nada esté roto.
Por eso, en la noche en que se abre el libro del año nuevo, reafirmamos lo que escribimos hace poco en esta misma editorial, porque no fue una ocurrencia de un día sino una convicción que sostenemos, y que sostendremos.
Se puede ser judío, sionista y decir basta.
Lo dijimos entonces y lo repetimos ahora, en el umbral del año nuevo: no somos antisionistas. No creemos que el sionismo sea un proyecto colonial que deba desmantelarse, ni que el Estado de Israel carezca de derecho a existir. Venimos de una tradición, una historia y una comunidad que entendieron ese Estado como una necesidad después de siglos de persecución y como una respuesta, imperfecta pero real, al antisemitismo que no se fue a ningún lado. Tampoco somos antijudíos, ni podríamos serlo: es nuestra identidad, nuestra comunidad, nuestra gente.
Y sin embargo, seguimos sin poder callar frente a lo que hace en Gaza el gobierno de Benjamín Netanyahu. Miles de civiles muertos, buena parte de ellos niños; ciudades enteras reducidas a escombros; una población empujada una y otra vez de un lugar a otro sin adónde ir; el hambre usada como instrumento. Cuando la escala, la sistematicidad y el discurso público de referentes del propio gobierno apuntan a la destrucción de un pueblo como grupo, la palabra que corresponde usar es genocidio. Decirlo no es traicionar a Israel: es negarnos a que el nombre de nuestro pueblo y la memoria de lo que nosotros mismos sufrimos se usen como coartada para mirar para otro lado.
Netanyahu no gobierna solo. Comparte gabinete con ministros como Itamar Ben Gvir, que ha promovido públicamente el desplazamiento masivo de la población de Gaza y ha alentado una lógica de castigo colectivo que se traduce, noche tras noche, en decenas de muertos civiles. Esa no es una posición marginal: es política de Estado, sostenida por una coalición que necesita a la ultraderecha para mantenerse en el poder. Cuando el ministro de Seguridad Nacional celebra el "adelgazamiento" de Gaza como si fuera un logro, y el primer ministro no lo desautoriza porque su supervivencia política depende de él, la responsabilidad deja de ser individual y se vuelve de gobierno.
Se nos ha dicho, durante generaciones, "nunca más". Esa frase no puede significar "nunca más a nosotros" y quedar en silencio frente a lo que hacemos como Estado en nuestro nombre. La ética judía que a nosotros nos formaron —la del tikun olam, la de la memoria como mandato de justicia y no solo como reclamo propio— exige exactamente lo contrario: que la memoria de nuestro sufrimiento nos haga menos tolerantes con el sufrimiento ajeno, no más indiferentes.
Defender la existencia de Israel y exigirle que deje de matar civiles en Gaza no son posiciones contradictorias. Son, de hecho, la misma posición: la de quien quiere que ese Estado sobreviva siendo defendible, y no a costa de convertirse en aquello que juró que nunca volveríamos a permitir.
Por eso, en esta noche de Rosh Hashaná, cuando según la tradición se abre el Libro de la Vida y cada uno se pregunta qué clase de año quiere escribir, elegimos desear lo mismo de siempre y con más fuerza que nunca: que sea un año de shalom. Paz para quienes hoy rezan en Israel y paz para quienes hoy no tienen ni agua en Gaza. Paz para las familias de los rehenes que todavía esperan. Paz también puertas adentro, entre quienes hoy se gritan en vez de escucharse.
Desde shalom.uy seguiremos sosteniendo las dos cosas a la vez, aunque incomoden a los dos lados: sionismo sin genocidio, identidad judía sin silencio cómplice. Y en el primer día del año 5787, les deseamos a todos, de corazón: shaná tová umetuká, y que esta sea, por fin, la vez que la paz le gana a la guerra.
Editorial
Escribo esto desde un lugar que a veces parece no tener espacio en el debate público: el de un judío de izquierda que cree en la legitimidad del Estado de Israel y que, precisamente por eso, no puede callar frente a lo que está haciendo su gobierno actual en Gaza.
Quiero ser claro desde el primer párrafo, porque en estos tiempos la claridad se paga cara y la ambigüedad se usa como arma. No soy antisionista. No creo que el sionismo sea un proyecto colonial que deba desmantelarse, ni que el Estado de Israel carezca de derecho a existir. Vengo de una tradición, una historia y una comunidad que entendieron ese Estado como una necesidad después de siglos de persecución y como una respuesta, imperfecta pero real, al antisemitismo que no se fue a ningún lado. Tampoco soy antijudío, ni podría serlo: es mi identidad, mi comunidad, mi gente.
Y sin embargo.
Lo que está ocurriendo en Gaza bajo el gobierno de Benjamín Netanyahu no puede describirse con eufemismos. Miles de civiles muertos, buena parte de ellos niños; ciudades enteras reducidas a escombros; una población empujada una y otra vez de un lugar a otro sin adónde ir; hambre usada como instrumento. Cuando la escala, la sistematicidad y el discurso público de referentes del propio gobierno apuntan a la destrucción de un pueblo como grupo, la palabra que corresponde usar es genocidio. Decirlo no es traicionar a Israel: es negarse a que el nombre de mi pueblo y la memoria de lo que nosotros mismos sufrimos se usen como coartada para mirar para otro lado.
Netanyahu no llegó solo a este punto, y no gobierna solo. Comparte gabinete con ministros como Itamar Ben Gvir, que ha promovido públicamente el desplazamiento masivo de la población de Gaza y ha alentado una lógica de castigo colectivo que se traduce, noche tras noche, en decenas de muertos civiles. Esa no es una posición marginal dentro del gobierno: es política de Estado, sostenida por una coalición que necesita a la ultraderecha para mantenerse en el poder. Cuando el ministro de Seguridad Nacional celebra el "adelgazamiento" de Gaza como si fuera un logro, y el primer ministro no lo desautoriza porque su supervivencia política depende de él, la responsabilidad deja de ser individual y se vuelve de gobierno.
Se nos ha dicho, durante generaciones, "nunca más". Esa frase no puede significar "nunca más a nosotros" y quedar en silencio frente a lo que hacemos como Estado en nuestro nombre. La ética judía que a mí me formaron —la del tikkun olam, la de la memoria como mandato de justicia y no solo como reclamo propio— exige exactamente lo contrario: que la memoria de nuestro sufrimiento nos haga menos tolerantes con el sufrimiento ajeno, no más indiferentes.
Defender la existencia de Israel y exigirle que deje de matar civiles en Gaza no son posiciones contradictorias. Son, de hecho, la misma posición: la de quien quiere que ese Estado sobreviva siendo defendible, y no a costa de convertirse en aquello que juró que nunca volveríamos a permitir.
Desde shalom.uy seguiremos sosteniendo las dos cosas a la vez, aunque incomoden a los dos lados: sionismo sin genocidio, identidad judía sin silencio cómplice.